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DE LUCES Y SOMBRAS
Juan Bta. Peiró.
Busco de buena gana
entre las sombras,
la sombra de alguna verdad.
Paul Valéry
La cabeza es el órgano
de los intercambios,
pero el corazón es el órgano amoroso
de la repetición.
Gilles Deleuze
Pocas veces valoramos la necesidad imperiosa de contextualizar
las cosas para entenderlas un poco mejor. Por el contrario,
poseemos una inclinación natural a generalizar
hasta el absoluto partiendo de hechos, o incluso de
impresiones tan particulares como parciales. Establecemos
de ese modo una relación subjetiva entre la
parte y el todo que, paradójicamente, no dudamos
en sostener como la más objetiva e incontrovertible
de las verdades. Por otra parte, uno escribe inevitablemente
desde su propia experiencia, experiencia desconocida
por el hipotético lector de estas páginas.
Se hace por ello necesario plantear algunas cuestiones
introductorias que perfilen nuestro punto de vista
y de partida acerca de la obra pictórica de
Juan Canales en general y muy especialmente sobre
esta última serie de trabajos.
Hace bastantes años, muchos si tenemos en
cuenta la todavía joven trayectoria artística
de Canales, que conozco su pintura, que sigo con interés
su evolución, su deambular tranquilo pero firme
en el siempre resbaladizo territorio de la creación.
En su caso, como en el de la mayoría de los
artistas que he tenido la oportunidad de conocer personalmente,
he llegado a la persona tirando del hilo de su trabajo.
Una crítica -o una simple visita- de una exposición,
la participación en un jurado, han sido los
catalizadores de un trato directo que introduce toda
una serie de matices, de comprensiones, de complicidades
más allá, o más acá, de
la percepción de la obra de arte.
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He tenido la oportunidad de ser testigo presencial
-durante mis ocasionales pero suficientes visitas
al estudio de Juan Canales- de las diferentes etapas
por las que han transcurrido, materializándose,
sus intenciones expresivas, sus quebraderos de cabeza,
sus ilusiones, sus más que probables dudas,
sus innegables aciertos. Así, se han sucedido
los cambios de material, de técnicas, de figuras;
pero se ha mantenido constante el sutil hilo-camino
conductor de su poética poética (en
su doble sentido de creación y de hacer).
Desde aquel lejano díptico titulado Pobre
y oro del 92 (si no falla mi mala memoria) en
el que aparecía una silueta ¿sombra?
de un vagabundo que iba dejando pisadas de oro sobre
un caótico fondo urbano mucho han cambiado
las cosas que han ido pasando por Pobres
y Miserables ( 1993), Camino
de Sirga (1997) y Línea
de sombra (1998) hasta llegar a la presente muestra.
Sin embargo, también encontramos unas constantes
que se mantienen en un plano estructural, por debajo
de las evidentes transformaciones.
Por mucho que hayan desaparecido las referencias
literarias al camino, se haya eliminado la representación
figurativa pictórica y/o fotográfica;
desvanecido el protagonismo del zapato, del pie, de
la huella humana; abandonado los contrastes cromáticos
dominados por el azul, el blanco y ocasionalmente
el amarillo ocre; difuminado el papel de la línea,
dibujada o incisa. Por significativos que sean todos
estos cambios, no existe brusca ruptura sino lógica
evolución consecuente con esa búsqueda
de lo esencial (para uno mismo) inherente a la abstracción
y que suele ir aparejada a procesos de desarrollo
interno, de crecimiento externo.
Muy resumidamente, y de un modo muy gráfico,
me atrevería a situar la evolución de
su trabajo en dos vectores de direcciones opuestas,
al menos en primera instancia. Uno dirigido desde
la representación bidimensional pictórica
hacia la presentación tridimensional escultórica.
Otro, arranca de la materialidad de la imagen pictórica/fotográfica
hacia la evanescencia del contraste luz/sombra.
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En otro orden de cosas, esta evolución personal,
intuitiva y conscientemente cercana a planteamientos
contemporáneos, se ha ido anclando con el tiempo
en algunas cuestiones y problemas de larga tradición
en nuestra cultura occidental. En este sentido, apuntaré
dos referencias. La primera es la relación
conscientemente planteada por el propio artista de
esta serie modular con un friso arquitectónico.
Con los triglifos y las metopas (juego sonoro igualmente
atractivo) del paradigmático friso realizado
por Fidias en el Partenón ateniense. También
esa atracción por explorar los límites;
la disposición forzada entre la parte superior
del muro y el techo, así como la ambigüedad
entre pintura y escultura, entre arte y decoración.
La segunda, no sé si más inconsciente,
vincula estrechamente este trabajo en concreto con
el origen mismo de la representación occidental
en tanto que supuesta fijación de una sombra.
El desplazamiento desde la simulación pictórica
hacia la presencia objetual constituye uno de los
procesos más significativos desde los ochenta
hasta nuestros días. Proceso que se viene repitiendo
cíclicamente pero que, en el S.XX ha alcanzado
una frecuencia periódica desconocida hasta
entonces.
Paralelamente a esa obscenidad de la presentación
(de la realidad)a la que han aludido Baudrillard o
Virilio, entre otros, se ha multiplicado por doquier
la negación insistente de la imagen; la veladura,
el ocultamiento, la superposición, el decollage,
el uso de materiales translúcidos... reiteran
hasta la saciedad un juego, no sé si perverso,
entre la adivinación y el ocultamiento. Parece
como si la realidad, demasiado ácida, reclamase
múltiples filtros suavizantes. Parece como
si la obviedad de lo presentado necesitase el misterio
del enmascaramiento. A una afirmación evidente
una evidente negación.
Ese recurso a la objetualidad que ha rebrotado con
claridad en los noventa (aunque sólo sea como
contrapunto al regreso eufórico a la pintura
que caracterizó los ochenta) constituye uno
de los mecanismos más eficaces (y quizás
una de las necesidades más imperiosas) que
el artista de hoy tiene para anclar con seguridad
su obra ante una situación marcada por la fugacidad,
la inestabilidad, la relatividad...
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Sin entrar en otras conjeturas sobre las motivaciones
de este proceso, sí podemos señalar
algunos rasgos significativos de la "pintura"
reciente: la incorporación de los materiales
y técnicas más heterogéneos;
la destrucción del cuadro y la complicidad
con el lugar; la tridimensionalidad de las obras,
la multiplicidad de lenguajes... todo ello abunda
en un proceso definible como el tránsito de
la pintura a la escultura hasta la disolución
de ambas en el espacio (contexto, entorno, lugar).
Ahí tenemos el auge que ha adquirido la instalación,
voraz inter-género artístico
que ha engullido tanto los clásicos pretéritos
como las nuevas técnicas y las disciplinas
más futuristas.
Juan Canales ha recorrido pacientemente diferentes
etapas hasta llegar a una reducción de elementos
y materiales tan radical como sugerente. Precisamente,
la economía de medios por una parte, y la aparente
sencillez por otra, invitan al análisis pormenorizado.
Esta serie consta de 33 módulos cuadrados
de madera con un borde ancho -a modo de un taco grueso
y amplio, o de una caja cuadrada de escasa profundidad,
en los que se ha practicado unas incisiones, depresiones,
huecos. Después han sido recubiertos totalmente
-tanto en la superficie como en los laterales, con
sucesivas capas de pintura de tono blanquecino. Esta
laboriosa superposición suaviza y matiza los
límites entre hendiduras y zona plana, creando
un efecto similar -por poner un ejemplo fácilmente
identificable por todos- al de una huella en la playa
semiborrada por las olas del mar o por el soplo del
viento.
Debemos insistir en los términos que planteamos,
ya que, a pesar de la sólida unidad de su realidad
física, son justamente la proyección
de sombras y el espacio material plano, los que bifurcan
complejamente ese carácter unitario. Esta integridad
se consigue, mediante diferentes estrategias discursivas
y recursos técnicos que confluyen en este conjunto
unitario pero sutilmente diverso que conforma este
singular proyecto expositivo.
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Luces y sombras, objeto y contexto, forma y estructura,
materia e imagen, continente y contenido. En sentido
escrito, uno de los términos no puede definirse
aisladamente sin el otro. Se hace efectivo ese doble
juego de presentación y ocultación
que antes enunciábamos, y que presenta un sugerente
paralelismo con el binomio ausencia/presencia inherente
a la génesis histórica de la representación
occidental, tal y como veremos más adelante.
Después de múltiples variaciones, este
proceso se ha depurado hacia una relación desnuda
entre forma y estructura. En sus últimas obras,
está empleando una serie de interacciones entre
imágenes monocromas, entre luces y sombras,
entre superficie y volúmenes, mediante las
que se dificulta enormemente, cuando no se subvierte
radicalmente, relaciones tan consolidadas como figura
y fondo, figuración y abstracción, bidimensionalidad
y tridimensionalidad. Juan Canales ha desarrollado
un intenso programa de alternativas relacionales a
partir de esa estructura mínima indisolublemente
articulada por una misma cualidad material, formal,
cromática.
Precisamente esa autonomía real (objetos tridimensionales)
es la que permite una amplia libertad de movimientos
a la hora de abordar el problema objeto-contexto,
atendiendo a unos parámetros alejados de los
hábitos convencionales para la visión
de la pintura (lo que abunda en ese voluntario desplazamiento
de la lógica representativa a la presentación
con todas sus consecuencias). La situación
sobreelevada de las piezas, el protagonismo de la
luz, la ordenación concatenada prescindiendo
de los espacios vacíos... parámetros
que enfrentan complementariamente al propio objeto,
en este caso las piezas de conglomerado de densidad
media (DM), con el lugar concreto que las alberga
y con el espectador que ocupa una posición
ambiguamente intermedia.
Si la autonomía del objeto posibilita su ubicación
múltiple, la instalación concreta en
un contexto determinado es la que fija las infinitas
permutaciones, limitándolas a muy pocas soluciones
efectivas, cuando no exigiendo una única respuesta.
Desde esta perspectiva, no descubrimos nada al revelar
que es finalmente el espacio de exposición
un factor determinante para ordenar las obras.
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Igualmente, en función de las piezas y del
lugar, la iluminación no constituye un elemento
secundario que contribuye generalmente a crear una
atmósfera determinada que facilite una percepción
óptima. En esta ocasión, la luz, su
control preciso, es absolutamente fundamental. Su
presencia de naturaleza efímera (representativa)
es radicalmente complementaria y consecuencia directa
de la objetualidad sólida de las placas talladas
-inexpresivas y sordas sin la complicidad de la primera.
Incluso la ausencia de luz, la oscuridad, y sobre
todo la sombra, se erigen como protagonistas indiscutibles
de esta exposición. Luces y sombras que, a
pesar de su inmaterialidad -o precisamente por ello-
adquieren un peso fundamental. No en balde la sombra
arrojada, la proyección, que se sitúa
en el origen de la historia de la representación
occidental. Pero, en este punto volvemos a insistir,
las sombras son reales-están producidas por
los cambios de luz provocados por el huecorrelieve-
que no representadas sobre una superficie plana.
A diferencia de posiciones contextuales en las que
el punto de partida previo son los condicionantes
externos, Canales llega a una integración eficaz
con el entorno desde una postura profundamente inmersa
en el objeto. Se amplía la indisociable unidad
de la obra de arte que, sin disolverse, se completa
en una integridad espacial que transciende el hermetismo
objetual secularmente asociado a la pintura de caballete.
La integración, entendida como la relación
de partes para conformar la totalidad, sostiene desde
la base un complejo entramado en el que se funden
las particulares obsesiones de este artista. Integración
de luces y sombras que ahora se sintetiza en la fusión/oposición
entre la solidez física de lo objetual tridimensional
y la evanescente bidimensionalidad de la sombra arrojada.
Integración del espectador en el escenario,
del objeto en el espacio, del hombre en la arquitectura.
Integración llevada al extremo y que conduce
a la búsqueda de la unidad en sus infinitas
variaciones y manifestaciones. Integración
conceptual que choca una y otra vez con las limitaciones
físicas y materiales propias de todo hacer.
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La precisión en la ejecución, el gusto
por la seriación y la sistematización,
las asociaciones que establece entre las partes...
todo ello abunda en ese mismo sentido. Ahora bien,
la actitud conceptual inherente a su trabajo no puede
reducirse al radicalismo hoy afortunadamente trasnochado
de que lo único, o lo más importante,
es la idea y que la materia no importa o importa menos.
Antes por el contrario, la materia -la materia plástica
entendida como campo abstracto y como soporte material
indisociablemente unida a la imagen -la sombra arrojada-
merece idéntico nivel de atención por
parte de Canales.
De modo rigurosamente coherente, Canales extiende
una estrategia discursiva basada en la seriación.
Canales, como la práctica totalidad de los
artistas plásticos, ha agrupado sus obras en
series concretas (la serialidad como sistema en última
instancia repetitivo) que han ido producidas a lo
largo de sucesivas etapas cronológicas. Ahora
bien, nunca hasta ahora había conferido tanto
protagonismo a las posibilidades combinatorias de
los diferentes elementos de la serie (la combinación
para introducir la diferencia en la misma repetición).
En el caso de esta muestra, cabe señalar además
la íntima relación entre la materia
como material y la materia como forma. De estas peculiares
relaciones identitarias resulta que estas obras son
objetos, imágenes y espacios interactivos que
adquieren todo su sentido cuando se contemplan en
ese recorrido forzadamente lineal.
Plinio el Viejo en su Historia Natural
afirma que la pintura nació cuando se cercó
con líneas la sombra de un hombre. Victor I.
Stoichita (en su magnífico ensayo Breve
historia de la sombra (1),
afirma que este nacimiento en negativo de la representación
artística occidental no deja de ser significativo.
La pintura nace así bajo el signo de una ausencia/presencia
(ausencia del cuerpo/presencia de su proyección).
Por otra parte, siempre según Stoichita, Platón
imagina al hombre primitivo prisionero en una gruta
(La República) y sin poder
mirar otra cosa que la pared del fondo de su prisión,
pared en la que se proyectan las sombras de una realidad
exterior de cuya existencia ni siquiera sospecha.
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En Platón la sombra precede a la imagen del
espejo como explicación primera de la duplicación
fenoménica. La sombra no sólo es apariencia,
sino apariencia por falta de luz, es el origen oscuro
de la representación. Sombra (skia)
significa en griego escritura de luz. Asociada inicialmente
al ser humano, los sinónimos de la sombra abarcan
desde el de doble y reflejo (representación)
hasta los de fantasma y espectro (muerte). Ahora bien,
mientras la sombra siempre se ha asociado al otro,
el reflejo, el espejo, se asocia a la proyección
del yo.
Tanto el mito del inicio de la representación
artística como el de los comienzos de la representación
cognitiva se centran en el motivo de la proyección;
la proyección originaria es una mancha en negativo,
una sombra. El arte verdadero y el conocimiento verdadero
consisten en la superación de la situación
límite de su nacimiento.
El escritor japonés Junichiro Tanizaki, en
El elogio de la sombra, obra
considerada una de las obras maestras de la literatura
japonesa contemporánea, afirma:
Creo que lo bello no es una sustancia
en sí sino tan sólo un dibujo de sombras,
un juego de claroscuros producido por la yuxtaposición
de diferentes sustancias. (2)
La reflexión nos parece tan sugerente que
bien podemos dejar volar nuestra imaginación.
Cerremos los ojos, seguro que en la oscuridad las
sombras despedirán alguna luz con forma de
huella, dibujarán algún rastro fugaz.
Juan Bta. Peiró
enero de 2001
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DE LUCES Y SOMBRAS. Juan Bta. Peiró.
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| Friso compuesto por 33 piezas de
60x60x7 cm. |
| Catálogo editado por la
Conselleria de Cultura i Educació de la Generalitat Valenciana. |
| El proyecto obtuvo la Beca Art
Visual 2000, y la exposición formó parte del
Circuit d'Art Contemporani: Any 2001. |
| Textos: |
| De Luces y Sombras, Juan
Bta. Peiró |
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Dejar huella, una vez más,
y qué importa dónde, Ricardo Forriols |
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6 objetivos operativos para un
proyecto de trabajo. Decades. Juan Canales |
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Stoichita,
Victor I. Breve historia de la sombra.
Siruela, Madrid, 1999, p. 9. |
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Tanizaki, Junichiro.
El elogio de la sombra. Siruela,
Madrid, 1994, p. 69. |
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