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1°. Montar (continuando el trabajo sobre
la huella como rastro de una impresión
psicológica y física) un friso de
huellas compuesto por 33 piezas de 60 x 60 x 7 centímetros.
2°. Pintar texturas satinadas y mates,
opacas y aterciopeladas, superficies holladas con
"el aspecto de que sobre ellas algo pasó".
Lo que me lleva a acumular percepciones abstractas
de la realidad, como ese agujero en el techo que confundo
con el hueso cojo del esternón.
3º. Recorrer en una sala a oscuras, la
pequeña senda de 1980 centímetros trazada
en el suelo al leer el texto colgado de la
pared, varias veces y en distintos lugares, a ser
posible.
4°. Superponer literalmente capas de pintura,
estratos para asociar a la memoria y a su reconstrucción
(con los libros, las películas o las músicas
consumidas durante el proceso).
La última capa visible permite dibujar a quien
observe su propio mapa del presente. Os invito a un
recorrido visual topográfico, táctil
y preferentemente pausado, cercano, con el aliento
empañando la superficie del cuadrado.
5º. Erosionar con las máquinas
en el soporte, con depresiones de un centímetro
y medio de profundidad, entre el automatismo psíquico
puro y el más absorbente juego. También
hacer incisiones con la gubia y el formón,
profundizando en el interior de la pintura, distraído,
absorto hasta que pare la música ("How
to dissapear completely", Radiohead).
6º. Pensar en el olvido, que no tiene
forma, blando y extraño, incontrolable y lechoso...Anula
cualquier posibilidad de elección activando
la mala/ buena conciencia. Cuando surge el recuerdo
podemos pasar de la desesperación al alivio
indistintamente, inútilmente, pues el olvido
ya alteró antes nuestro tiempo.
Juan Canales
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