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DEJAR HUELLA,UNA VEZ MÁS,
Y QUÉ IMPORTA DONDE
Ricardo Forriols.
Los caminos de la
vida,
van del ayer al mañana,
más los del cielo,mi vida,
van al ayer del mañana(1).
Miguel de Unamuno
Digamos que las tardes de domingo se hicieron para
escribir, por lo menos para hacer como si lo hicieras.
La idea, entonces, era escribir, escribir y repasar
los trabajos y los días, rezar los recuerdos.
La idea era, la idea era tantas cosas en el camino.
Y así fueron pasando las tardes, no importa
cuántas, en blanco.
La falta, la pérdida del deseo provocó
la nostalgia y, de ahí, unas calles más
abajo, cierta deriva que proyectaba sombras que han
pesado de pesar, pesares en favor de la
incapacidad de desear decididamente lo único
que faltaba, coincidiendo con el otoño, su
final.
Esa misma deriva empezaba en una idea o en su
falta: la misma falta se convirtió en idea
y se perfilaba como el camino, un camino lleno de
desvíos y abandonos, de recodos acomodados
para un recorrido más o menos entrecortado
que se moldea, se desgrana en cálculos por
ver dónde pisan los pasos en la cuesta del
olvido.
Este hipotético camino se traduce en movimiento,
una relación variable entre el espacio y el
tiempo, y puede convertirse, a su vez, en una idea
invisible, un simple rastro que nos sirve de hilo
conductor, metáfora de la búsqueda abocada
a un destino, y todo destino implica necesariamente
un origen y describe un trayecto, a veces una parábola
no exenta de derivas. Eso, como la lenta deriva de
las placas continentales, a merced de las corrientes
del magma y de los vientos; eso, como la deriva de
las tardes de domingo, por ejemplo.
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Cierta matemática existencial dice que el
grado de lentitud es directamente proporcional a la
intensidad de la memoria, que el grado de la velocidad
es directamente proporcional a la intensidad del olvido(2);
así que sigo, cercando de esta manera tan dispersa
los trabajos y los días, sus tardes, el camino
y la deriva particular de la pintura de Juan Canales.
El punto de partida lo encontramos en los primeros
cuadros que son los últimos realizados
en su etapa como estudiante en la Facultad de Bellas
Artes, cuadros-collages de cierto contenido
social donde diferentes fotografías manipuladas
de la ciudad se disponen en franjas que recorren pies,
pies que caminan por arrabales y zonas deprimidas
con árboles secos y chatarras, antenas y cables,
chabolas y ladrillos amontonados.
El punto de partida lo encontramos en los primeros
cuadros que son los últimos realizados
en su etapa como estudiante en la Facultad de Bellas
Artes, cuadros-collages de cierto contenido
social donde diferentes fotografías manipuladas
de la ciudad se disponen en franjas que recorren pies,
pies que caminan por arrabales y zonas deprimidas
con árboles secos y chatarras, antenas y cables,
chabolas y ladrillos amontonados.
Luego vendrá la escapada al campo, a la sierra
y los paseos recogidos en infinidad de fotografías
que esgrimen el enfrentamiento romántico con
la naturaleza. Con los pasos, los cuadros se volverán
sintéticos a la vez que irán incorporando
esas fotografías de montañas y mares,
en blanco y negro, por las que comienza a resbalar
la pintura como la nieve en la época del deshielo,
en pinceladas que no avalanchas. Paisajes que conservan
sus fugas a través de líneas inclinadas
en las que se compone y prolonga el horizonte. Paisajes
que se acompañan de objetos: ramas y raíces
encontradas convertidas en asideros o bastones de
apoyo que prolongan los propios márgenes del
cuadro.
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Inventó pretextos y dibujó líneas
de sombra que no narraban nada, depurando la pintura
hasta engañar a la mirada con su textura satinada
y polivinílica en cuadros cada vez más
limpios y objetuales, más blancos aunque
sin obviar el color en ligeros matices que van del
gris al azul, del blanco al violeta; cuadros
en los que va ganando terreno la idea y perdiendo
protagonismo la realidad fotografiada, en favor de
expresiones mínimas, de dibujos esgrafiados
sobre el soporte (3),:así
las sandalias del verano, las botas del invierno agujereadas,
la horma de la huella del paseante que para y mira,
y sigue luego.
Sostiene Juan Canales que estos cuadros de entonces
quizás también los de ahora, ahora
que los miro eran tristes, cuadros del desconcierto,
de la culpa y el remordimiento, cuadros blancos y
grises, cuadros mates y opacos que acontecen sobre
el nácar, sobre esa textura aterciopelada de
la luz templada de niebla que es la memoria.
Y es que estos cuadros los de entonces, los
de ahora son como pequeños fragmentos
de paisajes en la niebla, campos nevados quién
sabe (4)
, parajes desolados en los que el tiempo se deja caer
en su levedad mínima,puliendo la retama; superficies
aparentemente esponjosas en las que dejar huella,
una vez más, con los zapatos del que pasea
esgrimiendo esa mirada que va a morir a la atmósfera.
El enfrentamiento con estas obras obliga el deseo
de tocar, necesitan del tacto de la mirada, apenas
de los mismos ojos, ese otro tacto que puede llegar
a ser embarazoso, perturbador de la sensibilidad (5)
. Un tacto que encuentra blanduras acolchadas que
nos seducen, mordidos bocados y señales mórbidas
imposibles de acariciar; superficies muelles, sedas,
golpes y hendiduras fraguadas sobre estas extensiones
donde la luz resbala descubriendo mínimos desniveles,
concavidades redondeadas, valles y sensuales depresiones,
sombras que calibrar en una piel sensible.
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Una idea aproximada a este tacto la encontramos en
las notas que redactó hacia 1975 Robert Morris,
cuando recorría el desierto peruano en busca
de las líneas de Nazca, intentando desentrañar
el misterio de su paisaje:
«Salgo de Nazca y me dirijo
hacia el noroeste. La niebla, menos densa al alba,
persiste. Una pálida autopista panamericana
cruza la llanura [
] A la luz del amanecer, percibo
a la izquierda un vago rectángulo [
].
Comienzo a ver la líneas que la carretera atraviesa.
Algunas no tienen más de 30 cm. de ancho. Otras
varían entre los 60 cm. y los 1,80 m. de ancho.
[
] El propio suelo parece haber sido ligeramente
cavado. Lo que significa que estas líneas no
han sido trazadas tan sólo retirando las piedras:
son, de hecho, depresiones o ligeras incisiones hechas
en la superficie de la tierra.»(6)
Las líneas de Nazca son como arañazos
geométricos sobre la superficie de una tierra
con alto contenido en yeso, un yeso que el rocío
y la humedad fijan permitiendo que perduren en el
tiempo casi como accidentes geográficos naturales,
desniveles sin bordes limpios ni zonas planas
Así los accidentes que van apareciendo en las
obras de Juan Canales, blanquecinos, húmedamente
fijados, sutilmente desdibujados. Pero volvamos un
momento a las notas de Morris, a sus consideraciones
acerca de la visibilidad:
«hay que deslizar la mirada,
ponerla más allá, en otro punto, evitando
la visión frontal o el plano general. Cuando
uno se coloca sobre un plano horizontal que se extiende
hasta tan lejos como alcanza la mirada, la línea
del horizonte se sitúa siempre a nivel del
ojo. [
] Cuanto más lejos se dirige la
mirada sobre una línea mejor es su definición.
Sin embargo, cuanto más grande es la distancia,
menos nítidos son los detalles.»
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De la misma manera que Nazca se impone a la mirada
de Morris, Juan Canales propone ahora una mirada hacia
lo alto en busca de una línea teñida
de matices de blanco (7),
un friso corrido de treinta y tres piezas modeladas
por una luz que deja en penumbras su periferia, delimitando
en el horizonte vertical de la pared un camino en
el que vamos encontrando accidentes, migajas y leves
cambios de un terreno que parece que nos han pisado
antes.
Existe, pues, un recorrido para la mirada que se
desplaza por este rastro de huellas y recuerdos, posibles
arrepentimientos, quizás, que nos devuelven
al minimalismo sobrevolado de las líneas de
yeso de Nazca o al ejercicio de encantada pureza de
ese cuadro de Kasimir Malevich blanco sobre
blanco sobre blanco sobre blanco o a la violación
de las superficies desnudas ejecutada por Lucio Fontana
o, aún, a aquella mención de Calderón
de la Barca al origen de la pintura cuyo primer
taller fue la luz, el primer dibujo una sombra, la
arena el primer soporte, el primer pincel el dedo
y el artista primero «la joven travesura de
un acaso».
Se trataría a estas alturas la de este
friso, por encima de la altura de los ojos de
una constante búsqueda de la esencia que, en
el intento, se hace partícipe de la eliminación
de los propios elementos de la pintura, simplificándola
al máximo, a ese menos es más promulgado
en la arquitectura por Mies van der Rohe. Pero, aun
con todo, aun la importante conceptualización
y abstracción esgrimida, las huellas practicadas
como las nubes de Leonardo nos refieren
a ciertos elementos del paisaje, a aquellas ramas
y raíces, a las hojas caídas que sin
ser nada son la emoción que corrige la norma.
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Por que en realidad todo es infinitamente más
sencillo, más sencillo que todo esto, este
friso transcurre mil novecientos ochenta centímetros
en línea como un romance de ciego, de ciego
que lo viera todo blanco: las tardes, las ideas, las
letras, su deriva... Blanco, como aquellos personajes
con los que se ensayaba la ceguera (8),
esa ceguera de quedarse en blanco buscando en la realidad,
con el tacto, mientras los pensamientos, en el obligado
camino del ayer al mañana, se entorpecen con
el peso arrastrado de los zapatos. Sí, unos
zapatos que van dejando huella allí, otra vez,
una vez más, allá, allá lejos
sin importar dónde, donde habite
el olvido.
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Dejar huella, una vez más,
y qué importa donde. Ricardo Forriols. |
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| Friso compuesto por 33 piezas de
60x60x7 cm. |
| Catálogo editado por la
Conselleria de Cultura i Educació de la Generalitat Valenciana. |
| El proyecto obtuvo la Beca Art
Visual 2000, y la exposición formó parte del
Circuit d'Art Contemporani: Any 2001. |
| Textos: |
| De Luces y Sombras, Juan
Bta. Peiró |
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Dejar huella, una vez más,
y qué importa dónde, Ricardo Forriols |
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6 objetivos operativos para un
proyecto de trabajo. Decades. Juan Canales |
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| Miguel de Unamuno,Cruce
de caminos, en El espejo de la muerte,Espasa-Calpe,
Madrid, 1977, pág. 26-30. |
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| Milan Kundera,
La lentitud, Ed. Tusquets, Bar |
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Recordaba
Calderón de la Barca, en 1677, uno de los posibles
orígenes de la pintura:
«Salían de bañarse en el mar unos
muchachos, y hallándose desnudos en su orilla,
notaron cuán parecidos les semejaba el sol en
la arena; y traviesamente jugando, empezó uno
a seguir con el dedo los perfiles de la sombra de otro.
Viendo cuán imitada dejaba su estatura, porfiando
cuál mejor, prosiguieron en contrahacerse los
unos a los otros: la novedad del que después
halló las varias formas de naturales cuerpos
esculpidas (fuese o no Parrasio, a quien muchos lo atribuyen)
cargó la imaginación en cómo podría
adelantar aquel principio; y bien, o mal, como supo,
les fue añadiendo ojos y bocas. Complacido de
ver que no dejaba de darles un algo de más vivo,
entró en la esperanza de que podría su
desvuelo mejorar dibujos a costa de borrones; y así,
siguiendo a porfiadas instancias de su idea en repetidas
líneas, las grabadas señas del informe
embrión que le ofreció la playa, lo fue
perfeccionando hasta lograrle parecido».
Pedro Calderón de la Barca, Memorial dado a los
profesores de pintura, Biblioteca Virtual Miguel de
Cervantes [http://cervantesvirtual.com/],
Universidad de Alicante y BSCH, 1999-2000. |
| Quizás
un delirio interpretativo pertinente, algo semejante
ocurre en Arte, de Yasmina Reza, la historia de tres
amigos y un cuadro blanco de fondo blanco con unas líneas
blancas de leves matices indiferenciables. Se abre con
la descripción que hace Marcos del cuadro: «Es
una tela de aproximadamente un metro setenta por un
metro veinte, pintada en blanco. El fondo es blanco
y si entornamos un poco los ojos, podemos percibir unas
finísimas líneas blancas transversales.»
Y se cierra con otra descripción del mismo cuadro,
también de Marcos: «Debajo de las nubes
blancas, cae la nieve. No se ven ni las nubes blancas
ni la nieve. Ni el frío ni el resplandor blanco
del sol. Un hombre solo, con esquís, se desliza.
Cae la nieve. Cae hasta que el hombre desaparece y vuelve
a su opacidad. [...] Es una tela de aproximadamente
un metro sesenta por un metro veinte. Representa un
hombre que atraviesa un espacio y desaparece.»
Yasmina Reza, Arte, Anagrama, Barcelona, 1998. |
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Denunciando
algunos excesos de la teoría, Jean Clair (La
responsabilidad del artista. Las vanguardias, entre
el terror y la razón, Visor, Madrid, 1998, pág.
75-76) se detiene en cómo en la exposición
¿Qué es la escultura moderna? (Pompidou,
1986) se estructuraba un discurso histórico alrededor
de la tesis de la progresiva eliminación del
sucio tacto en favor de la pura visibilidad, del volumen
por la bidimensionalidad. Creo que estas piezas de Juan
Canales hacen el recorrido inverso buscando el tacto,
aunque sea de la mirada. |
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Robert Morris,
Las líneas de Nazca, en Arte y Parte,
no. 22, agosto-septiembre de 2000, pág. 59-63.
Publicado originariamente con el título Aligned
with Nazca en el número de octubre de 1975
de la revista Art Forum. |
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Leonardo escribió
en su Tratado que el blanco, además de ser el
color de la luz antes de descomponerse, es como el recipiente
de todos los colores, muda y se tiñe del color
de los objetos que tiene cerca. |
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José
Saramago, Ensayo sobre la ceguera,
Punto de Lectura, 2000. |
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